Un acercamiento a la obra del doctor Francisco Padrón.

De entre las pertenencias heredadas de mis abuelos, conservo un ejemplar de El médico y el folklore, de la autoría del doctor Francisco Padrón, de cuyo puño y letra firmó y dedicó unas breves palabras a mi abuelo, quien años después consagraría su vida al oficio de boticario.

Al hacer esta remembranza familiar, mi intención es compartir con el lector la relevancia que a lo largo de los años, desde que llegó a mis manos la publicación en cuestión, he hallado entre sus páginas, no sólo de su vasto contenido respecto a la farmacopea popular mexicana, sino también por la visión que el autor plasma a través de su pluma, la cual se antoja fuera de la época en que vivió, en la que el país experimentaba su mayor transición de lo rural hacia lo urbano y el aire de modernidad que se respiraba, al alcanzar la mentalidad colectiva, en general, ésta cada vez se alejaba más de los antiguos saberes populares en torno a la salud/enfermedad y uno de sus principales componentes para así conformar un “sistema complejo”: la alimentación. Sin embargo, allí estaba el doctor Padrón para recordarle a los mexicanos de la segunda mitad del siglo XX—y por extensión a los que habitamos el siglo XXI—la importancia de conservar y complementar con las prácticas modernas aquellas consideradas como ancestrales.

El 15 de marzo del presente año se conmemoran 111 años del natalicio del médico Francisco Padrón Puyou, originario de Venado, San Luis Potosí, cuyo desempeño profesional se vio reflejado en las aulas, en las distintas sociedades científicas a las que perteneció local y nacionalmente, así como en su producción literaria, de entre la que sobresale El médico y el folklore, de 1956. 

Si bien, dicha obra, que es la que inspira la reflexión vertida en las presentes líneas tiene como principal interés la medicina tradicional mexicana, el autor dedica un capítulo a los alimentos populares que hoy llamaríamos nutracéuticos, es decir “aquellos que pertenecen a la comida tradicional y funcionan tanto como alimento y medicamento a la vez”. Así, este aspecto es el que me interesa destacar a continuación.

Si partimos de la afirmación del doctor Padrón respecto a que “El médico no puede ser ajeno a los problemas de la dietética popular […] [y que] debe conocer la cocina popular, sus principales ingredientes y modo de preparación”, todo ello con el fin de saber qué tipo de dieta prescribir a sus pacientes, percibimos la postura flexible de un hombre de ciencia sensible con el paladar del pueblo que no impone los alimentos que debe consumir, sino más bien “recomendar lo que, sin dañar, esté acostumbrado a tomar habitualmente el individuo”. A lo que añade: “Si hay necesidad de seleccionar otro tipo de alimentos, primero se piensa en lo nuestro, ya que los alimentos que desconoce el paciente comúnmente resultan inaceptables para su ‘gusto’”.

De esta manera, guiado por un profundo interés sobre los alimentos consumidos por el pueblo, el médico ofrece una lista de ingredientes y platillos “ancestrales”, con su respectiva evolución hasta convertirse en “populares”, acompañados de su nombre en lengua nativa, principalmente en náhuatl, y en algunos casos también del coloquial. Pero sobretodo, dada la naturaleza de su obra, hace referencia a aquellos utilizados con fines terapéuticos.

Entre las bebidas o alimentos líquidos, se encuentra una gran variedad de remedios, de los que sólo por citar unos pocos ejemplos, podemos destacar los siguientes. El cocimiento de epazote de zorrillo combatía la amnesia, del cual se creía que tomándolo en ayunas, más que si se ingería en otro horario, se mejoraría la memoria. Por su parte el cocimiento de cebolla era tomado con fines afrodisíacos. Contra la tos, entre los múltiples remedios citados, cabe mencionar el té de otate con sal; el cocimiento de tejocote; así como los de nabo y de capulín (éste también en jarabe). Uno más que vale la pena anotar es el té de hojas de aguacate, útil contra la anemia.

Otro tipo de alimento líquido son los caldos. Entre ellos están el de murciélago, que bien cocido, sana el “mal de ojo” y los “golpes de aire”; el de tlacuache, contra las “enfermedades de la sangre”; a la infusión o caldo del mismo animal se le atribuían propiedades diuréticas, así como otras favorables para la secreción de leche de las mujeres durante la lactancia. Contra las infecciones intestinales, el caldo de rata debía consumirse diario.

Otros dos remedios que también resultan interesantes son, primero, los caramelos de cebo, cuya preparación requiere dejar caer gotas de cebo derretido sobre un terrón de azúcar, hasta impregnar éste en su totalidad, el cual debía tomarse antes de que se enfriara; con ello se curaba las ronqueras y los catarros “caídos al pecho”. El segundo, es la leche de burra que, de acuerdo con la tradición popular, aliviaba la tuberculosis pulmonar, la tiricia y la anemia, entre otros padecimientos.

A manera de cierre, sirva este brevísimo repaso al legado alimenticio y medicinal ancestral recopilado por un hombre de ciencia que, no obstante ejercer una profesión “moderna”, no fue ciego ante los beneficios que la sabiduría popular nos brinda y que ésta, sin pretensiones de sustituir nuestras prácticas curativas y gastronómicas actuales producto del desarrollo científico y tecnológico así como de los intercambios culturales con otros pueblos, pueden ser un complemento útil en aras de un mayor bienestar y del equilibrio cultural entre lo considerado moderno y lo ancestral. Asimismo, que estas líneas sean una invitación a la lectura de un libro que concentra un invaluable tesoro del saber popular.

Referencias:

Cervantes, María Antonieta, “Cuerpo, alimentación, salud y enfermedad vistos como un sistema complejo”, en Diario de Campo, no. 1, 2010, pp. 61-65.

Montejano y Aguiñaga, Rafael, Biobibliografía de los escritores de San Luis Potosí, México, UNAM, 1979.

Padrón, Francisco, El médico y el folklore, San Luis Potosí, Talleres Gráficos de la Editorial Universitaria, 1956.    

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